
Estaba leyendo hoy en la mañana una nota que me apareció —porque, bueno, necesito leer, necesito estar en contacto con toda esa fauna digital que escribe “contenido” para internet—, y aunque mi trabajo no depende directamente de escribir, ni gano dinero por hablar de los grandes conceptos culturales que nos azotan como país, igual me interesa estar ahí, husmeando entre lo que la gente publica, así no sea para andar quejándome de todo... al menos no todo el tiempo.
Descarga cinco discos que hicieron a Gustavo Santaolalla uno de los mejores productores
El punto es que me encontré con esta nota sobre Gustavo Santaolalla —sí, "Santa olaya", como muchos lo pronuncian con cariño desinformado—, y me llamó la atención que lo describieran como una especie de leyenda. Spoiler: lo es. Producciones muy buenas, sobre todo en México en los 80s, 90s, 2000... incluso metió mano en algunos videojuegos. El hombre tiene rango. Aunque, sinceramente, en la industria musical mexicana como que aún no se logra abrazar del todo esa ideología de producción a nivel artístico, o quizá sigue atrapada entre una canción de Enjambre, un poco de José José... y lo que salga del Fonógrafo. Imagina ese cóctel: nostalgia, melancolía y una pizca de drama. Bienvenidos a México.

Pero bueno, el artículo hablaba de cinco discos y arrancaba con el número uno:
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"Café Tacuba" (1994).

Yo lo escuché por ahí de 1999, porque pues tampoco fui de los primeros iluminados en tenerlo. Ese disco sonaba en todos lados: en los tianguis, en las casas, en las escuelas. Sí, incluso en las primarias, cuando a los maestros ya les daba igual dar clase y lo ponían como “fondo educativo”, mientras los niños básicamente se convertían en gremlins desatados.
A mí me tocó ya más cerca del 2002. Cuando lo escuché completo, no pude evitar notar lo interesante que era: canciones como La Ingrata, El aparato, El ciclón... son de esas que se te quedan pegadas, aunque no quieras. Y ni hablar de El borrego, Esa noche, 24 horas... esas ya tenían un concepto un poco más rudo, más rockero, más “eh, no somos solo raritos con falda”.

Luego están joyas como Ixtepec, Trópico de Cáncer, El metro... demasiado pegajosas. El fin de la infancia, Madrugal, Pez y Verde son como los lados B que valen por dos. Y eso sin contar que para ese entonces (1998-1999) tener un disco con 20 canciones era una hazaña tecnológica, casi un reto. Quienes los quemaban en CD’s tenían que hacerlo en dos tandas, o bajarle el bitrate hasta el punto en que todo sonaba como si la banda estuviera tocando desde el baño de un local mal ventilado.
Y claro, la joya del final: El baile y el salón, El puñal, El corazón, El balcón. Clásicos. Y si por alguna razón no mencioné Las flores, es porque esa ya vive rent-free en la cabeza de medio país.

Lo que más me llamó la atención —y aquí va lo sabroso— es cómo estos que ahora se llaman “escritores” solo copian cosas de internet y luego se llenan la boca con palabras como romper el molde, revolucionario, rompedor... como si la música en México hubiera nacido sin forma y de pronto, ¡pum!, llegó alguien y la puso bonita.
La verdad es que lo que pasó fue que algunos productores —como Santaolalla— empezaron a meterle a la música cosas más “mórbidas”, más honestas, menos complacientes. Y no solo conectaron con los jóvenes, sino con adultos también. Entre los 16 y 21 años, más o menos, empezabas a ver que la gente buscaba música que no solo estuviera de fondo en un puesto de tacos, sino que decía algo.

Este disco, en lo personal, es parte fundamental del paisaje sonoro de México. No diré que es el “mejor disco jamás producido”, ni voy a caer en el meme del Real hasta la muerte versión 90s, pero sí es uno de los más conocidos, más queridos y más replicados, por una razón simple: funcionó. Pegó donde tenía que pegar.
Y eso, en una industria donde se sigue discutiendo si es mejor Belanova o el recalentado de Timbiriche, es decir mucho.
Vamos por partes... (porque ni Molotov se escribió de un jalón)

Así que bien, vamos por partes. También yo, en mis años de juventud —o más bien de niñez, porque sí, uno empieza desde temprano con estas cosas— escuché con muchísimo gusto el disco ¿Dónde jugarán las niñas? de Molotov. Y no solo lo escuché, sino que fue el que me empujó a empezar a buscar nuevas músicas, nuevos contextos, nuevos ruidos que me hicieran sentido. Porque sí, aunque ahora todo te lo tira el algoritmo, antes había que buscar con ganas.

En ese tiempo también estaba pegado con Plastilina Mosh, que para mí, la neta, tenían un rollo muy interesante. Un poco rarito, un poco adelantado, muy noventero. El punto es que ese disco de Molotov de 1997 se volvió parte de la ideología más intensa y creativa de esas décadas, y sí, también tiene el toque del buen Gustavo Santaolalla.
Algunas canciones fueron producidas por él, y traían sonidos que para ese momento eran, si no revolucionarios, al menos inusuales, casi como si alguien hubiera dicho: "vamos a hacer algo que suene a México, pero que no parezca que lo grabaron en un sótano con eco". Lo digo con cariño, claro.

No teníamos acceso tan fácil a la música internacional. No había Spotify, ni Deezer, ni YouTube con copyright semi-ignorado. Escuchar música de otros países era como contrabandear cultura. Por eso, cuando llegaba algo que mezclaba el rock mexicano, el sarcasmo social y ese sabor a protesta con producción de calidad, pues se sentía poderoso, se sentía real. No solo ruido.
El Libertinaje (1998): cuando Bersuit era más que "Sr. Cobranza"

BERSUIT VERGARABAT / LIBERTINAJE / 1998
Tercero: el disco Libertinaje de Bersuit Vergarabat (1998). Ya desde que lo escuché, yo sabía —o al menos sospechaba— que había mano de Santaolalla ahí. Porque el sonido tenía ese "algo", ese equilibrio raro entre lo clásico, lo experimental y lo que en ese tiempo parecía casi ilegal: producción decente sin perder identidad.
Hay que admitirlo: el disco no solo tiene canciones representativas para los argentinos (que ya es decir mucho), sino que también juega con géneros como la cumbia, la murga, el ska y los revuelca con el rock hasta hacer un batidillo muy bien hecho. De esos que no se te quitan de la cabeza ni aunque escuches reggaetón por 12 horas seguidas después.

Y claro, Gustavo Cordera (el vocalista) ya era alguien con un estilo muy marcado, pero sin la llegada de Santaolalla, probablemente el disco hubiera sido algo mucho más comercial. Más... genérico. Lo que él aportó fue esa capacidad de no solo grabar canciones, sino de construir coreografías auditivas (así lo quiero llamar) que tienen un arco, un ritmo interno, casi como si el disco te llevara de la mano y te soltara justo donde debes terminar: preguntándote por qué ya no hacen cosas así.
Hoy en día, las playlists arruinan ese tipo de experiencia. Se busca una canción que sea “positiva”, que “pegue en TikTok” o que diga algo “empoderador”, y listo. Pero en 1997, hasta 2005, eso no existía. No había esa necesidad de “optimizar la atención”. Todo se cocinaba lento. Los discos eran obras completas, no solo catálogos de sencillos.
Y sí, claro, llegó el MP3 y nos cambió el juego. A partir de 2005 ya empezabas a ver más música, más rápido, más accesible. Pero se perdió un poco esa ideología de sentarte con el CD, escucharlo entero y decidir si te cambiaba la vida... o al menos el ánimo.

Así que estuve leyendo con atención, y también escuchando el disco Jessico de los Babasónicos, del año 2001. Ese disco está muy bueno. De hecho, tiene canciones muy impresionantes como Deléctrico, Soy Rock, FiZZ, Los calientes, El loco, Tóxica, Yoli, Rubí, Camarín y Atómico.
Las canciones estaban escritas por Adrián Dárgelos y Manelli Dárgelos (que creo que es su hermano, aunque no lo tengo muy claro). Esa mezcla de estilos y letras hace que el álbum sea muy bueno. Vale la pena escucharlo completo. A menudo lo ponen junto con Andrés Calamaro – El Salmón (2000) / Los Auténticos Decadentes – Hoy trasnoche / Andrés Calamaro – El Salmón (2000) / Gustavo Cerati – Siempre es hoy (2002), porque prácticamente ambos estuvieron producidos bajo una misma visión. Hay mucha información en internet, pero también hay que saber cómo fue realmente producido. No todo se trata de locuras o rumores, y eso es justamente lo que hace interesante también la lectura.
Porque no todos tenemos tiempo para leer más de 400 palabras. A veces ni siquiera lo intentamos, y preferimos buscarlo en TikTok, lo cual lo vuelve más aburrido todavía. Eso hace que se pierda el sentido. Por eso es mejor descargar el disco, escucharlo completo, en directo, libremente, sin tener que buscar la "versión". Solo así se puede captar realmente el espíritu de esta música y su contexto.
Hoy en día, casi cualquier persona se deja llevar por la publicidad, la venta, el "súper", y esa locura excesiva de sensacionalizar todas las noticias.
el disco Bueninvento de Julieta Venegas

del año 2000, fue un gran acierto. Tiene canciones que le dieron mucha coherencia a su carrera. Algunas venían de discos anteriores y de EPs, pero aquí están muy bien trabajadas, especialmente en temas como Sería feliz, que es la canción principal del disco.
Ese disco se escuchaba junto a otros álbumes muy centrados en México, como los de Panteón Rococó o La Maldita Vecindad. Era música que sonaba en muchas fiestas y en muchos lugares. No era solo rock; también había fusiones con otros géneros. Incluso Ely Guerra, en ese tiempo, ya andaba mezclando cosas: sintetizadores, sonidos digitales, y experimentando con tecnologías nuevas.
Recuerdo que en MTV aparecía ese disco de Julieta Venegas y siempre lo mencionaban como uno de los mejores álbumes latinoamericanos. Yo pensaba que ella era mexicana (después supe que sí lo es), pero en ese tiempo uno solo veía los videos y empezaba a imaginar otras cosas, otros mundos.
En aquellos tiempos, sin MTV, era muy difícil encontrar cosas nuevas.
Bien, si llegaste hasta este punto, el objetivo no es perjudicar a nadie, ni juzgar ni decirle cosas a nadie. Yo solamente estoy tomando mi punto de vista, reescribiéndolo y mejorándolo para que tú puedas ver el trabajo, y también leer con gusto esta noticia. La vi en Sopitas.com, y quise reescribirla para todos ustedes de manera simple.
Hoy en día tenemos todo a la mano, y creemos que podemos escribir todo a la vez, pero no siempre es así. A veces creemos que tenemos muchas palabras, pero son pocas las que realmente abordan cuestiones sociales con profundidad. No siempre hay una verdadera historia detrás de cada hito.
Así que te recomiendo que la próxima vez que veas este tipo de publicaciones —especialmente las que dicen “descarga” o “música”—, te tomes el tiempo para leer un poco más, escuchar en tiempo real y descargar libremente, sin prisa, buscando nueva información con gusto y atención.
Escribí esto rápido porque estoy trabajando en otros proyectos, y al parecer me van a correr del trabajo porque no he terminado. Las computadoras me están quitando el sueño y, con él, mi producción. Pero no me dejo guiar por las etiquetas.
No estoy molestando a nadie; solo quiero escribir a gusto, con detalle, y explicar que hay muchas personas allá afuera que todavía pueden crear con calidad, esencia y espíritu.
FALTA BASTANTE INFORMACION EN LA NOTA, REGRESARE DESPUES.//
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